Hace dos días, el ex presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) envió una carta al Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de Peruanos por el Kambio (PpK) en el que anunciaba su renuncia irrevocable a la presidencia del partido, el mismo que le permitió ganar las elecciones generales en el 2016 y que, tras su dimisión a la Presidencia de la República hace casi un año, había entrado en una crisis de identidad bastante ruidosa.

Resulta difícil decir que la renuncia de Kuczynski al partido que llevaba sus siglas haya causado alguna conmoción. Primero, porque su caso no es el primero en el que una agrupación política construida al amparo de la figura de un líder se termina desarmando una vez que el caudillo deja de ocupar algún espacio de poder. Y segundo, porque las fisuras dentro de la referida agrupación habían comenzado a aflorar desde hace tiempo.

Respecto a lo primero, basta recordar, por ejemplo, cómo terminó el Partido Nacionalista Peruano que, agitando la letra ‘O’ como símbolo político, postuló al ex mandatario Ollanta Humala en los comicios del 2011. Cuestionablemente alguien puede argumentar que la agrupación haya subsistido más allá del señor Humala –recuérdese que en el 2016 tuvieron que desembarcar la candidatura del ex ministro Daniel Urresti por el temor de perder la inscripción al no pasar el mínimo de votos requerido por ley–. Y en esa línea, se podría ubicar también a Perú Posible, de Alejandro Toledo, o, yendo un poco más lejos, a la Unión Nacional Odriista (UNO) del general Manuel Odría.

En lo que concierne a lo segundo, por otro lado, es cierto que en los últimos tres años PpK no ha sido precisamente un dechado de fraternidad y sintonía política entre sus miembros. Los ejemplos al respecto abundan y los hemos ido recogiendo en este Diario.

Desde el anuncio del hasta ahora parlamentario ‘ppkausa’ Moisés Guía de que plantearía una vacancia contra el entonces presidente Kuczynski por la presencia de una ‘ideología de género’ en el currículo escolar, hasta los pedidos de algunos de sus compañeros de bancada para que el partido tenga más participación en el Gabinete de Ministros, las grietas de PpK han quedado expuestas en reiteradas ocasiones y, en ese sentido, la crisis que el grupo afronta hoy día no sorprende a nadie. Era, en realidad, un trance bastante previsible.

La circunstancia ha llevado a la dirigencia del partido a plantearse la necesidad de acordar en las próximas semanas un cambio en el nombre –algo bastante lógico ahora que quien les sirviera de inspiración para identificarse con sus siglas ha renunciado–, pero también a evaluar otras consideraciones más ‘existencialistas’, como la de seguir siendo oficialistas (el legislador Juan Sheput ha señalado al respecto que hace tiempo no se siente oficialista y que dicho calificativo le aviene mejor a la Bancada Liberal) o si más bien buscan en el presidente Vizcarra a un nuevo padrinazgo (el legislador Jorge Meléndez no ha descartado la opción de que el partido pase a ostentar las siglas del mandatario, MV, y que el jefe de Estado asuma las riendas del mismo).

Sea como fuere, lo que vaya a ocurrir con la reformulación de PpK no debe hacer perder de vista lo esencial: lo que hemos visto con el partido del ex presidente Kuczynski es apenas otro naufragio más en la larga historia de agrupaciones que se han construido alrededor de una persona y que han mostrado tener tanta vida como la que podía aguantar la vigencia política de su líder. Curiosa moraleja viniendo de un grupo que, al menos desde el nombre, propugnó el ‘kambio’, y terminó asemejándose más bien a tantos breves predecesores.